En los albores del siglo XX, el montañismo se implantó definitivamente
como disciplina deportiva en la sociedad. Con anterioridad, escaladores
ilustres ya habían conseguido grandes gestas en altas montañas del planeta: Mummery,
Whymper o el Duque de los Abruzzos son buenos ejemplos.
Sin embargo, el foco mediático no se centró todavía en
aquellas conquistas. Fueron necesarios el paso de los años y la mejora del
equipamiento, que al principio estaba compuesto por alas de mosca, botas de
clavos y cuerdas rudimentarias, para poder atacar los ochomiles del corazón de
Asia con alguna garantía de éxito, aventuras que sí que llamaban la atención
del ciudadano medio.
Lionel Terray, el genial alpinista y autor de este libro autobiográfico, tuvo la suerte de nacer en Grenoble en 1921, rodeado de las grandes montañas de los Alpes. En otras palabras, nació en el momento y en el lugar oportuno para poder aportar su talento a la historia de la exploración. Suya es la frase: hay que subir montañas porque están ahí, sencillamente por eso.
Los conquistadores de
lo inútil repasa toda la vida de este escalador, desde sus comienzos siendo
tan solo un niño, pasando por las grandes paredes de los Alpes en su juventud,
hasta la expedición al Annapurna, que se recoge en un capítulo exclusivo que
destaca tanto por su extensión como por la calidad del relato. Para terminar,
el libro recopila también las posteriores ascensiones al Makalu y al Fitz Roy,
así como otras expediciones en el Himalaya y en los Andes.
En esta crítica me gustaría hacer especial hincapié en la
conquista del Annapurna en 1950, lo que supuso alcanzar por primera vez la cima
de una montaña de más de ochomil metros. La cumbre tan solo fue alcanzada por sus
compañeros Herzog y Lachenal, pero la aportación de Terray en la ascensión queda
fuera de toda duda, especialmente a la hora de salvar la vida de los citados.
Las descripciones de los lugares, la tensión y las emociones
de los que participaron en aquella gesta alcanzan tal dramatismo que puedes
percibir el desamparo que sufrieron en las laderas de la diosa de la abundancia. El delirante descenso con severas
congelaciones, las inyecciones intraarteriales del doctor Oudot, las
amputaciones sin anestesia y las lluvias torrenciales del monzón terminaron por
convertir la exitosa aventura en una pesadilla.
En la foto que aparece bajo estas líneas os presentamos la
comparativa de la foto de cima de Herzog en 1950 y una foto de cima en la
actualidad. Se pueden ver perfectamente las dos puntas que hay cerca de la cima
del Annapurna detrás de las piernas de Maurice Herzog. Esto parece terminar con
la polémica que circuló durante varios años en el mundo del alpinismo, porque
en la instantánea de 1950 la montaña parece continuar hacia arriba, sin embargo
tan solo se trató de un problema de encuadre por parte de Lachenal y de que “Momo” no se quisiera
acercar demasiado al borde de la arista por miedo a que esta cediese bajo sus
pies.
Como curiosidad, si buscáis Lionel Terray en Wikipedia os
encontraréis con una mísera y vergonzosa página que no solo no hace justicia sino que, a
los que nos consideramos amantes de este deporte, nos hace enrojecer. A veces,
únicamente en los libros están las respuestas.
Celuloide
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